«No existía un destino, una misión en la vida, ese tipo de paranoias sólo sirven para engendrar monstruos como el que tenía enfrente. La misión de cada uno es la que se otorga a sí mismo, la que escoge en cada momento.»

Enrique Timón. La Era de Rankor.



Apenas podían creer lo que vieron sus ojos al dejar atrás el bosque e internarse en el claro. La cabaña estaba hecha de chocolate, con cimientos elaborados de una pasta pegajosa que se derretía al contacto del sol de mediodía. La fachada era de manteca, con recubrimiento de azúcar fundida y avellanas picadas en los arcos que enmarcaban puertas y ventanas. En los rosetones florecía la pulpa de albaricoque bañada en chocolate blanco y el tejado se revestía de praliné y trufa amasada con troncos de coco.

Hansel, después de haber caminado durante toda la noche y buena parte de la mañana, sentía arder las plantas de los pies y se le estaban formando ampollas entre los dedos. A su lado, Gretel jadeaba medio dormida. Restregándose los ojos tras ponerlos, por primera vez, en la casa que se erigía en medio de la nada. Había sufrido mucho desde que conocieron las intenciones de su madrastra de vender sus órganos reproductores a los nigromantes de Hamburgo a cambio de veinte marcos de oro. Hansel era incapaz de pensar qué uso le darían los hechiceros a los ovarios de su hermana. Había escuchado rumores de que las gónadas solían emplearse para la creación de homúnculos; que amasados con estiércol volvían fértiles a los cerdos o que implantados con magia negra en una mujer estéril podían devolver la fecundidad. Pero todo ello no eran más que rumores. Palabrerías de niños asustados en callejones oscuros. Lo único irrebatible era que su madrastra había hecho un trato con los nigromantes y su padre había dado su consentimiento.

Hansel quería mucho a su hermana —y quería seguir viéndola entera, por fuera y por dentro—, así que su huída a través del bosque les había llevado por lugares umbríos, alejados de cualquier camino y cercados por lobos hambrientos. Ahora tenían ante sí la síntesis de todos sus sueños infantiles, la concreción de sus deseos y fantasías. La casa de chocolate, apostada junto a un pozo de caramelo y arropada por un inmenso roble de hojas doradas. Hansel no se lo pensó dos veces y, hambriento como estaba, arrambló con una de las ventanas. Comenzó a roer el chocolate blanco como un ratón, arrancando a mordiscos los tropezones de melocotón en almíbar. Apenas se concedía unos segundos para masticar. Se llenaba la boca hasta que el chocolate blanco le rebosaba por la barbilla y lo engullía de golpe, atragantándose con los grumos que se escurrían entre la pasta.

Gretel, algo más cohibida que su hermano, tardó en atreverse a aproximarse a la casa, pero cuando lo hizo, clavó sus dientecitos en una esquina y comenzó a roer hacia arriba, rasurando los bordes hasta convertirlos en cantos. Jamás en la vida había probado nada igual. Ni siquiera los bombones que su padre solía traer de Bremen cuando su madre todavía vivía estaban tan deliciosos. Al final, los dos desahuciados acabaron empachándose con postigos hechos con dulce de miel y rejas de regaliz. Relamieron el chocolate caldoso que hervía en el porche y hundieron los morros en los charcos de crema acaramelada que se formaban bajo el quicio de la venta. Cuando Gretel se cansó de comer, tenía el vientre tan hinchado como un melón. Hansel, por contra, seguía relamiendo el dintel de la ventana.

—¡Se puede saber por Lucífago y Satanachia, qué hacéis en mi jardín!

Les sobresaltó una voz brusca y arisca, que los dejó congelados en el sitio.

En la puerta había una mujer rubia, de mata exuberante y desordenada, labios carnosos y ojos de gata. Iba arropada con un vestido largo de terciopelo negro, entallado, ribeteado con armiño. Hansel pensó que debía ser joven, pero Gretel, dotada de esa mirada intuitiva que sólo es atribuible al género femenino, aseveraría más tarde que era mayor, probablemente rondaría los cincuenta, pero que poseía una belleza sobrenatural capaz de resistir al transcurrir de los años y al deterioro de la carne. Tiempo tendría Hansel de constatar la verdad. Alrededor de sus ojos se entrelazaba una red de arruguitas que, lejos de afearla, otorgaban madurez a aquel rostro anguloso. Cuando sonreía, dos hoyuelos nacían en las puntas de sus labios, sus pómulos se realzaban y sus facciones se marcaban como estrías en el hierro al rojo.

Gretel gateó hasta situarse tras su hermano y Hansel se apresuró a ocultar en la espalda las manos rebosantes de trozos de chocolate.

—Nada —respondió él con la boca completamente negra—. No estamos haciendo nada.

—Pues yo veo que mucho —contraatacó la mujer, entrecerrando los ojos y rebajando el tono—. ¡Pero si os habéis comido media fachada de mi casa! ¡Malditos pájaros de mal agüero!

En ese momento, un gato persa traspasó el umbral y restregó su abundante pelo contra los tobillos de la dama. Los ojos grandes y redondos del animal se clavaron en Gretel, después se relamió. La dueña de la casa lo cogió en sus brazos y el gato se recostó sobre su prominente escote.

—¿De dónde se supone que habéis salido vosotros dos?

Hansel, que no tenía otro temor que su hermana sufriera algún daño, continuó interponiéndose entre aquella mujer tan extraña y Gretel.

—De Hamburgo —mintió descaradamente—. Del barrio de los segadores. Nos despistamos en el bosque y nos perdimos.

—Claro que sí —dijo ella con el mismo tono desconfiado—, de Hamburgo… ¿de dónde si no? La ciudad queda hacia el oeste y vosotros habéis llegado del este.

—Dimos muchas vueltas en el bosque.

—Claro que sí… muchas vueltas. —El gato ronroneó de gusto cuando las largas uñas de la mujer le rascaron entre las orejas—. Supongo que estaréis cansados. Pasad a mi casa antes de que terminéis de devorarla y os proporcionaré cobijo.

—Padre dijo que nunca nos fiáramos de los desconocidos —respondió Gretel en un murmullo imperceptible.

La mujer, que parecía tener oídos de zorra, se aproximó a los hermanos con una gran sonrisa que iluminaba todo su rostro y dejó a Hansel completamente embobado. Hubiera abierto los brazos de par en par de no tener al gato entre ellos.

—Mi nombre es Michelle Marie Goldie, hija de Isabel Goldie, que a su vez fue ayuda de cámara de su majestad Catalina Vasa de Suecia, hermana del rey Gustavo Adolfo el Grande, también conocido como El León del Norte. —A los dos hermanos aquellos nombres tan rimbombantes les sonaban a chino. Hamburgo era el lugar más lejano que había visitado Hansel. Gretel, con sólo quince años, apenas había traspasado las tierras colindantes a la casa de su padre—. Y éste… —añadió mientras hacía carantoñas al gato— es Zarza, mi único amigo en el bosque. Ahora, como veis, ya no somos desconocidos. Podéis recibir mi hospitalidad sin ningún temor.

Hechas las presentaciones formales, Marie les acompañó al interior de la cabaña, un hogar muy pequeño dado los orígenes vinculados a la nobleza de la mujer. Les sirvió un consomé caliente para restituir las fuerzas y combatir el frío que, tras la dura noche de vagabundeo, había quedado impreso en sus huesos. Sin embargo, Hansel prefirió no catarlo. El muchacho, desde que había visto por primera vez a la extraña, había quedado hechizado por su porte seductor. La voz de Marie, intensa y embriagadora, invitaba a seguirla. En más de una ocasión se había sorprendido a sí mismo embelesado con su rostro, con aquellos ojos gatunos, con su talle delgado que con cada movimiento se perfilaba bajo la tela, con el matiz dorado que empapaba el lienzo de su escote, con los aretes de sus brazos desnudos, con sus piernas interminables, con sus tobillos recargados de pulseras…

Un codazo de Gretel lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Qué haces? —inquirió la niña—. Deja de mirarla. No es de fiar.

—¿Por qué?

Gretel no tuvo tiempo de responder. Zarza saltó a la mesa y derramó la taza de caldo que Hansel todavía no había tomado. El gato lanzó un maullido estridente, como si demandara la atención de los dos niños, después se plantó delante de Gretel y se quedó mirándola con aquellos ojos grandes y redondos. La pequeña trató de resistirse, pero el animal ejercía un influjo hipnótico que atenazaba la atención de la muchacha.

—¡Por la Clavícula de Salomón! —exclamó Marie, arrancando al animal de la mesa—. ¿Qué clase de comportamiento es ese, Zarza? A mis invitados no se les importuna con conductas extravagantes.

—No os preocupéis, señora —se apresuró a excusarse Hansel—. No ha sido nada.

—¿Cómo que no ha sido nada? —se quejó Gretel, que tenía el delantal perdido de sopa—. Si me la ha derramado encima…

Pero guardó silencio al comprobar que su hermano volvía a prender la mirada en los labios brillantes de su anfitriona.



Marie les permitió descansar en el sótano de la casa, en dos camas dispuestas entre armarios viejos, cómodas tapadas con sábanas polvorientas, banquetas cojas y espejos rotos. El suelo estaba lleno de tierra y las paredes olían a moho, pero a Hansel no pareció importarle demasiado. Al fin y al cabo, después de pasar la noche correteando por el bosque, perseguidos por los lobos, una cama era el lugar más apetecible que se le pasaba por la cabeza.

—Lamento no poder ofreceros más comodidades —les dijo Marie—, pero mi casa es muy humilde y no suelo recibir visitas. Descansad cuanto necesitéis y marchad cuando hayáis repuesto las fuerzas. Mientras tanto, Zarza y yo velaremos por vosotros.

El gato persa no se despegó ni un segundo de los talones de su ama. Les espiaba entre las largas piernas, relamiéndose cada vez que cruzaba la mirada con Gretel.

Marie, tras asegurarse de que sus invitados se acomodaban en sus lechos, se dirigió hacia la puerta del sótano, pero antes de franquearla, se volvió por última vez hacia ellos.

—Si necesitáis algo, no tenéis más que llamarme. Mi habitación está justo encima de la vuestra. Acudiré en cuanto me echéis una voz. Ahora descansad y reponed fuerzas. Entre estas cuatro paredes estáis a salvo de cualquier mal que se cobije en el bosque.

Un silencio tenebroso se hizo en el sótano cuando Marie cerró la puerta a sus espaldas. El lugar quedó entre tinieblas, tan sólo un destello de luz se colaba por una claraboya situada en la parte alta de la estancia. El resto estaba tomado por las sombras, los bultos polvorientos y las paredes deslucidas de barro. Hansel se preguntó cómo habían acabado allí, en un lugar tan extraño, lejos de su padre, de sus tierras, del hogar que les había visto nacer. Cuando se volvió hacia Gretel y la vio tan bella y delicada se hizo cargo de la situación y comprendió que huiría de casa tantas veces como fueran necesarias por salvaguardarla de todo mal.

Gretel, algo pálida, se recostó en la cama y se cubrió con las mantas manchadas de hollín. Hansel percibió en seguida el tenue temblor que se expandía por su cuerpecito.

—¿Qué te pasa? —preguntó atenazado por el miedo.

—Me duele la barriga —se quejó la niña—. Creo que comí demasiado chocolate.

Hansel dejó su cama y se sentó junto a su hermana, muy cerca de su regazo. La acarició y no pudo evitar una sonrisa tierna al sentir sus dedos aferrándose a su mano, buscando la protección de la única persona que le deparaba seguridad. La muchacha, de tez pálida y cabello cobrizo, era muy hermosa en su inocencia. Cada vez que Hansel la miraba, le venía a la cabeza el recuerdo de su madre, protector y suave, y una ola de afecto lo envolvía y se prometía a sí mismo que nunca permitiría que le pasara nada. Habían huido de su madrastra, sus intenciones se habían convertido en una pesadilla lejana; ahora que estaban bajo la protección de Marie Goldie, no tenían que preocuparse de los lobos, ni de los alquimistas, ni de los nigromantes. Todo estaría bien. Repondrían fuerzas y, en cuanto estuvieran listos, partirían rumbo hacia destinos inexplorados y prometedores de aventuras. Él y Gretel. Los dos solos. Inseparables. Siempre unidos.



Le despertaron los gemidos de Gretel, ahogados y crispados por una agonía extrema. Se incorporó sobresaltado del regazo de su hermana —el sueño le había sorprendido a su lado— y la examinó con preocupación. El rostro de Gretel ya no estaba pálido, sino que había adquirido una tonalidad amoratada que no auguraba nada bueno. Por un instante se sintió perdido, sin saber qué hacer. La oscuridad del sótano se había vuelto más turgente, los muebles envueltos en sábanas adquirían proporciones grotescas a su alrededor. La noche les había asaltado en la Casa de Chocolate y, fuera de su elemento, Hansel se sentía completamente perdido.

Entonces recordó las palabras de Marie:


Si necesitáis algo, no tenéis más que llamarme.


Hansel la emprendió a grito pelado. Llamó a Marie con todas sus fuerzas; la llamó una y otra vez, hasta quedarse sin resuello y desgañitarse. Después volvió a examinar a su hermana y comprobó que su tez se había vuelto más verde… o quizás azul… o violeta. En aquella espantosa oscuridad los colores resultaban indistinguibles unos de otros.

Marie apareció en la habitación de pronto, con la melena despeinada y los ojos vidriosos. Vestía un camisón blanco que se le pegaba al cuerpo por el sudor.

—¿Qué pasa, muchacho?

—¡Mi hermana! —Hansel brincó de la cama, corrió hasta la mujer y la llevó hasta el lecho tirándole de la mano—. Mi hermana se está poniendo enferma. No sé qué tiene, pero le duele mucho.

Marie, preocupada, se inclinó sobre ella y le puso la mano en la frente. Permaneció muy seria un buen rato, palpándole la piel.

—Indigestión… dispepsia aguda en el abdomen.

—Pero… pero… —Hansel no sabía qué decir. Los gemidos de Gretel sonaban cada vez más turbadores—… si está muy mala.

—Claro que está mala —respondió Marie, esbozando una sonrisa tranquilizadora—. Entre los dos os tragasteis más de seis onzas de chocolate. ¿Cómo no va a estar mala?

—¿Y qué vamos a hacer?

La mujer se encogió de hombros.

—Nada. Lo que entra tiene que salir, así de fácil. Prepararé un purgante y, cuando recupere algo más de fuerzas, seguro que se encontrará mejor.

Marie le dio a Gretel la infusión y, aunque en un principio la muchacha la rechazó, su anfitriona la forzó a beber hasta que apuró toda la taza.

—Ahí detrás hay un excusado —le indicó Marie—, es un poco estrecho, pero podrá utilizarlo cuando lo necesite.

Hansel, que ya había visitado la letrina, se sintió un poco incómodo. La tapa estaba sucia, el techo lleno de telarañas y había cagarrutas de ratas en las esquinas. No le pareció el lugar más apropiado para su hermana.

—¿Y no puede subir al excusado de arriba?

—¡Pues claro que no! —Marie respondió con un tono tan seco que hizo estremecer a Hansel—. ¿Acaso no has visto las escaleras que hay para subir? ¿Quieres que tropiece y se desnuque? Además, seguro que a tu hermana no le importará un poquito de suciedad cuando le haga efecto el purgante.

Hansel no estaba muy seguro de eso. Su hermana podía llegar a ser muy escrupulosa cuando se lo proponía, sin embargo, el rostro acerado de la mujer auguraba que no estaba para muchas bromas.

Marie, consciente de que había logrado intimidar al muchacho, rebajó el tono y acarició su mejilla. Hansel tuvo la sensación de que una llama lo rozaba. La mujer tenía el pelo pegado a la frente, emitía una mezcla de feromonas asilvestradas y un olor muy particular que Hansel no supo identificar. Era íntimo y profundo a la vez, empalagoso como la leche condensada que embadurnaba la fachada de la casa. Además, irradiaba calor. Un halo volcánico que contrastaba con el frío que habitaba en la habitación e instigaba al muchacho a aproximarse a ella, a refugiarse en sus brazos, a buscar el amparo de un cuerpo que prometía un contacto tan delicioso como protector.

—No os preocupéis, mis niños. Ahora Marie os protege. Os protege noche y día. Nada tenéis que temer.



Gretel pasó una de las peores vigilias de su vida. En cuanto el efecto del purgante de Marie hizo efecto, dejó la cama y se instaló en la letrina del sótano. Hansel no se atrevía a mirar, pero la imaginaba sentada en la taza, con las bragas bajadas y el rostro lívido, apretando las rodillas cada vez que un retortijón estrujaba sus intestinos y echaba a chorro el contenido de sus tripas. Pobre Gretel.

Al cabo de dos horas, la pequeña regresó a la cama, oliendo a rayos y el rostro congestionado. Hansel no le dijo nada. Parecía exhausta. Se limitó a tumbarse y, tras pasar unos segundos inmóvil, se quedó dormida.

Al día siguiente despertó muy débil, temblorosa y con el rostro macilento. Lo primero que dijo tras abrir los ojos fue:

—Quiero irme de esta casa.

—Pero Marie…

—No quiero saber nada de esa mujer. Quiero irme de esta casa.

Hansel la veía muy débil, demasiado para volver a correr por los bosques y huir de las fauces de los lobos, pero su voz sonaba con tanta convicción que no se atrevió a contrariarla.

—Muy bien. Nos iremos —aceptó por fin.

Pero cuando subieron las escaleras que conducían al piso de arriba encontraron la puerta cerrada a cal y canto. Hansel, sobrecogido por aquel descubrimiento, tiró con fuerza del pomo pero no cedió. Alguien había echado el pestillo desde el otro lado.

—¡Nos ha encerrado! —exclamó Gretel horrorizada—. ¡Maldita bruja!

Hansel comenzó a tirar del pomo con más energía, una y otra vez, tratando de abrir por las bravas, pero la puerta estaba atrancada. Después, ambos comenzaron a aporrearla, gritando hasta desgañitarse. La única respuesta fue un golpe tan violento que a punto estuvo de hacerles caer por las escaleras.

Bajaron otra vez al sótano y se quedaron sentados en la cama de Gretel, abrazados. Por la claraboya se filtraba un haz de luz que rasgaba en dos la oscuridad. La mañana debía estar avanzada.



Marie bajó al sótano un tiempo después. Iba ataviada con un vestido semitransparente de grandes tirantes y pronunciado escote. Su entrepierna se perfilaba tentadora bajo las capas de tul y gasa, y su vientre plano adquiría una vistosidad sensual tras el ornamento con forma de lágrimas de cristal. Llevaba puesto un tocado de terciopelo que le recogía el cabello.

La mujer, acompañada de su inseparable gato, se plantó en el centro de la habitación, puso los brazos en jarra y se quedó mirando fijamente a los dos muchachos.

—¿Se puede saber de dónde habéis salido vosotros dos? Todo tipo de gente extraña está llamando a mi puerta desde primera hora de la mañana. Los procuradores de justicia de Hamburgo, los rastreadores del alguacil, hasta un individuo ataviado con una túnica negra que dijo pertenecer al Gremio de Hechiceros.

Hansel y Gretel se dirigieron miradas rebosantes de preocupación. ¿Acaso su padre había denunciado su desaparición a las autoridades de la ciudad?

—Miente… —cuchicheó la muchacha.

Los ojos azules de Marie chispearon en las tinieblas.

—¿Os suena el nombre de Nieves Baeler?

Hansel se encogió al escuchar aquellas dos palabras, como si le acabaran de asestar un latigazo en el lomo. Su madrastra.

—Veo que sí. Pues sabed que todos esos hombres actúan en su nombre y, por sus intenciones, no parecen muy amigables. Así que dejad de montar escandaleras como la de antes y aguardad a que pase el peligro. Arriesgo mucho protegiéndoos, malditos desagradecidos.

Zarza rodeó a los dos pequeños, atosigándolos con sus ojos ariscos, después siguió a su señora escaleras arriba.

Cuando el portazo les indicó que volvían a estar solos, Gretel se encogió contra su hermano y comenzó a llorar. Hansel, por primera vez desde que escaparon de casa, no encontró palabras de consuelo. Comenzaba a padecer la misma sensación de asfixia que ella. Encerrados en aquel sótano oscuro, a merced de una extravagante mujer y de su gato, perseguidos por la justicia. Algo en su interior se empeñaba en decirle que no había sido muy buena idea buscar el amparo de la señora Goldie.



Aquella noche, Hansel apenas pudo conciliar el sueño. Mientras su hermana, vencida al cansancio provocado por la purga, se debatía merced a las pesadillas en la cama de al lado, Hansel permaneció buena parte de la madrugada en vela. A medianoche comenzó un ruido extraño. Un crujido que venía de la parte de arriba y que iba acompañado por el rumor continuado de algo rascando el techo. Dedujo que aquel sonido provenía de la alcoba de Marie. Al principio tan sólo fueron meros ronroneos, el rozar de una superficie contra otra. Risss, rasss, risss, rasss… Pero conforme fueron transcurriendo los minutos, el sonido fue haciéndose más avasallador. Rasss… rassss… rasss… Como el trompazo de una silla contra el piso. Rasss… rassss… O el ruido de un corcel desbocado en el establo. El corazón de Hansel comenzó a retumbar en su pecho, enérgicamente. Rassss… rassss… Y junto al ruido que se filtraba entre las tablas llegaba una voz quejumbrosa. Un gemido muy profundo que se quedó grabado en la cabeza del muchacho. ¿Marie?

Transcurrió el tiempo lentamente, como en un sueño, y mientras su hermana seguía perdida en sus pesadillas, el joven Hansel permaneció sentado en el camastro, observando como un idiota el techo. El ruido fue haciéndose más y más intenso. Las tablas temblequearon y el sonido descendió por las paredes, acompasado de gemidos que se convertían en auténticos gritos de lujuria. Hansel comenzó a sudar. La espalda se le empapó y finos goterones corrieron por su frente. ¡Dios, era Marie! No cabía la menor duda. Su voz chorreaba por las paredes, como la cera hirviente que mana de la mecha de una vela. Pero aquellos gritos… aquellos gritos no parecían de sufrimiento. No. Aquella voz quebrada y ronca arrastraba consigo un eco que le hacía latir el corazón de forma desenfrenada.

Hansel no sabría decir en qué momento su mano se deslizó bajo las sábanas, pero antes de que pudiera darse cuenta, su cuerpo vibraba al ritmo de los jadeos ahogados de Marie, al compás de una cama invisible que galopaba sobre su cabeza. Al alba, Marie seguía gozando con la misma intensidad que en la madrugada. Hansel, en cambio, no había pegado ojo. Seguía mirando el techo del sótano, hundido en sus pensamientos.



Pasaron otro día más encerrados en aquel zulo de mala muerte, rodeados de cucarachas y hormigas que se colaban entre las sábanas y les picaban en los dedos de los pies. Gretel, que cada hora que pasaba en aquella casa parecía un poco más delgada y pálida, comenzó a rezar. Se arrodillaba a los pies de la cama, juntaba las manos y pedía a Dios que les ayudara en aquella situación tan apurada. Hansel la observaba desde su lecho y se compadecía de ella. La degradación que había traído consigo el dolor no parecía borrarse de su rostro. Es más, los vestigios del padecimiento se agrandaban por momentos. En apenas dos días de ayuno, los huesos habían comenzado a marcársele en la cara y en los brazos y sus piernas fallaban cada vez más. Marie, preocupada por su salud, la mantenía a régimen, proporcionándole consomés y sopas calientes, pero Gretel los expulsaba tan rápido como los embuchaba, ya fuera por arriba o por abajo.

Aquella tarde, mientras Gretel volvía a dormir, Marie cogió la mano de Hansel y lo condujo arriba. Lo llevó hasta la cocina, donde un inmenso horno propiciaba un calor bochornoso. Lo primero en lo que se fijó el muchacho fue en la tersa piel que quedaba marcada bajo el vestido lencero que llevaba la mujer.

—Mira, Hansel, voy a ser muy sincera contigo —dijo Marie con evidente preocupación—, temo mucho por tu hermana.

El chico se sobresaltó ante el tono apurado de la mujer.

—¿Por qué?

—Ya debería estar bien, pero cada día que pasa la veo más frágil, más débil. —Marie se apartó el pelo pegado a las mejillas enfebrecidas—. Creo que ha enfermado.

—¿Enfermado? ¿De qué?

—No lo sé, pero apenas come y enseguida evacua lo poco que le hacemos tragar. Algo en su interior se está deteriorando a pasos agigantados.

—¿Y qué podemos hacer?

Marie puso una mano en su hombro.

—¿Tienes fe en mí, muchacho?

Hansel no supo qué decir. Los últimos días de encarcelamiento en el sótano habían sido terribles. Una vocecilla interior seguía diciéndole que desconfiara de aquella mujer. Tras un semblante albo puede latir un corazón oscuro, solía sermonear su madre. Pero Marie les había protegido de sus perseguidores, les había dado cobijo, incluso había cuidado de Gretel tras su empacho. Extravagancias a parte, parecía una mujer honesta. ¿Por qué querría desearles ningún mal?

—¿Podríais curar a mi hermana?

Marie sonrió y a Hansel se le antojó la mujer más bella que había visto jamás.

—Podría.

—En ese caso tengo toda la fe del mundo.

Marie asintió satisfecha y después sacó de un armario una botellita de vidrio verde.

—Láudano —dijo sosteniéndola ante los ojos desorbitados del chico—. En grandes dosis una droga terrible. Con un empleo mesurado un buen analgésico y un mejunje que provoca el sueño. Dáselo de beber a tu hermana. Vierte justo trece gotas en un bol de agua y que lo beba poco a poco. Cuando comience a sentirse cansada, golpea la puerta tres veces y seguiremos adelante con nuestro plan.

Hansel cogió la botellita de láudano de las manos de su anfitriona y la observó con más detenimiento. El corazón comenzó a latirle más rápido. Era perfectamente consciente de lo que Gretel opinaba de aquella mujer, pero si Marie tenía una sola posibilidad de salvarla, no podía rechazar su ayuda.

Esa misma tarde, tal como había acordado con Marie, vertió las trece gotas de láudano en el jarro de agua de su herma y dejó que la bebiera trago a trago. Los efectos de la droga no tardaron en apreciarse. Gretel cayó en un letargo más pesado de lo que ya era habitual en ella y, al poco de tumbarse en su camastro, se quedó profundamente dormida. Hansel se apresuró a hacer la señal convenida y subieron a la muchacha al comedor de la cabaña, acomodándola sobre la mesa. Marie iba vestida con una túnica ceremoniosa, escarlata, con una mano de fuego dibujada con filamentos dorados en la dalmática. A Hansel le sorprendió esa indumentaria, pero no osó preguntar. Marie estaba concentrada y mascullaba palabras extrañas:

—… eres nuestra fuente de fortaleza, nuestra eterna juventud. Haz que las mujeres sean deseables, que no conozcan el temor del embarazo, ni el sentimiento de culpabilidad al entregarse a los hombres…

Le llevó un buen rato terminar sus oraciones, mientras tanto, Hansel estudió con más atención los dos círculos concéntricos pintados sobre la mesa. En la circunferencia exterior estaban escritas las palabras: Oxila englabis promodum, en la interior una serie de signos cabalísticos compuestos por cruces rojas y runas que no fue capaz de identificar.

Había un cubo vacío junto a Marie y, justo al lado, Zarza, sentado sobre sus cuartos traseros y con el rabo enroscado.

Marie terminó sus oblaciones, se arrodilló frente a la mesa y tras besarse las manos, desgarró la blusa de Gretel. Hansel retrocedió sobresaltado, tratando de evitar centrar la mirada en la piel blanca de su hermana, en sus pequeños pechos, en su vientrecito hundido. ¿Qué estaba haciendo aquella mujer?

Marie situó sus dos manos en el abdomen de la muchacha y presionó con fuerza debajo del diafragma. Todo el cuerpo de Gretel se sacudió. Sus extremidades se encogieron en un espasmo, su pecho se convulsionó y sus párpados se apretaron con fuerza. Hansel contuvo el aliento. Su hermana parecía sufrir, pero el efecto del láudano la mantenía sedada. Marie volvió a ejercer presión en el sobrevientre de la niña y ésta tosió con fuerza. La mujer se apresuró a olfatear como un sabueso el aliento de Gretel. Su nariz se arrugó por el hedor.

—Hálito de parásito —dijo con asco. Después continuó rezando en aquella lóbrega lengua que Hansel jamás había escuchado.

Lo que ocurrió a continuación quedaría marcado en la mente de Hansel para toda la vida y supuso el desvelo de innumerables pesadillas. El pecho de Gretel se hundió y algo comenzó a culebrear bajo la piel; un surco fino e interminable que ascendió por su pectoral, por su diafragma y llegó hasta la garganta. La niña se tambaleó sobre la mesa, manchándose la blusa con la pintura roja del círculo de poder. Entonces, Marie puso una mordaza que mantuvo las mandíbulas de Gretel bien separadas y sacó dos pinzas del bolsillo de la dalmática. Con una le estiró la lengua, luego le pidió a Hansel que la sujetara. El muchacho, atenazado por el miedo, agarró la pinza con cuidado, temiendo que pudiera apretar demasiado la lengua de su hermana. El aliento que surgía de la garganta de Gretel hedía a metano puro.

Mientras tanto, Marie se inclinó sobre la muchacha y le introdujo en la boca la segunda pinza y parte de los dedos. Gretel lanzó una arcada, como si se ahogara, pero Marie continuó escarbando, haciendo oídos sordos a los vahídos de su paciente. Le costó un buen rato sacar la pinza de aquellas fauces apestosas, pero cuando lo hizo, arrastraba tras de sí la punta de una hebra tan ancha como el dedo meñique del mozo.

—¡Dios del cielo! —exclamó Hansel al comprobar que aquella cosa sanguinolenta cimbreaba como si estuviera viva—. ¿Qué espanto es ese?

—Una tenia —respondió Marie, que seguía tirando de la trencilla.

Palmo a palmo, la lombriz fue saliendo por la garganta, viscosa como el cordón umbilical de un recién nacido. Cuando Marie la arrojó al cubo, medía casi diez palmos de largo y estaba todavía viva. Se agitaba entre jugos gástricos y salpicaduras de sangre, buscando algo en lo que enroscarse. Zarza metió la cabeza en el cubo y le endosó un lametón.

—No sueltes todavía la lengua —indicó Marie, haciendo caso omiso a las muecas de aprehensión de su ayudante.

Volvió a introducir la pinza y, tras escarbar un poco más, volvió a sacar otra cabeza de tenia. Esta vez tuvo que jalar con más fuerza para que el parásito se desenganchara del organismo de la chiquilla. Tiró y tiró hasta que los brazos se le pusieron rígidos. Continuó tirando mientras el cuerpo descarnado de la lombriz emanaba de la garganta de la niña, junto a toses y arcadas a cual más desagradable. Esta vez el parásito era inferior, pero no menos asqueroso que el anterior. Marie lo arrojó a la cubeta y volvió a introducir la pinza en la boca de Gretel. Hasta cuatro tenias sacó del interior de su estómago, y la última tan larga que apenas cabía en la cubeta.

—Madre del amor hermoso —jadeó la mujer mientras se aventaba el sudor de la frente—. ¡Saca inmediatamente estas inmundicias de mi casa! Tíralas en el bancal de atrás.

Hansel obedeció con premura. Agarró la cubeta por el asa con ambas manos e, ignorando el hedor que emanaba del recipiente, rodeó la cabaña y encontró un pequeño coto de tierra removida. Allí abocó la cubeta. En el acto, las cuatro tenias revivieron, escarbaron agujeros en el firme y desaparecieron en las entrañas del terreno. El muchacho permaneció inmóvil un tiempo frente a la parcela, estudiándola detenidamente. La tierra había sido labrada de forma escalonada, creando seis montículos en total, dispuestos en paralelo uno tras otro. Tenían dos palmos de alto cada uno y casi diez de largo. Un reguero de piedras separaba la tierra revuelta de la grama del claro, y cada una tenía un símbolo pintado en la superficie. A Hansel se le antojó un lugar inadecuado para aparcelar un jardín. La sombra de la casa de chocolate caía a plomo durante el día, así que el musgo y la humedad habían tintado el terreno de una tonalidad grisácea. Además, el lugar desprendía un vaho helado que traspasaba la carne y provocaba escalofríos.

Hansel dio media vuelta y regresó a la casa con el estómago revuelto y el ánimo por los suelos. Encontró a Marie recostada sobre una hamaca, dándose aire con un abanico. Gretel todavía reposaba en la mesa, su respiración se había estabilizado.

—Ahora está mucho mejor —indicó la mujer—, pero vale más que la lleves abajo y que descanse en su cama. Necesitará un par de días para reponerse.

Hansel no supo qué decir. Estaba agradecido a Marie. Lo que había hecho por su hermana era maravilloso, inconcebible, extraordinario… Aun así, había algo en ella que le causaba un intenso recelo. Volvió a cargar con Gretel y regresó al sótano de la casa. Allí veló por su deteriorada salud hasta que la luz que se filtraba por la claraboya se volvió bruna y las sombras se alargaron en las paredes. Sólo entonces la curiosidad pudo con él y le llevó a subir las escaleras que conducían a las estancias privadas de su anfitriona.

La casa de chocolate estaba a oscuras. Tan sólo un resplandor fugaz provenía de la habitación de Marie. Hansel caminó de puntillas, intentando hacer el menor ruido posible. Temía que un tropiezo involuntario, un movimiento brusco, un susurro inesperado pudiera desatar la maldición que se amagaba en aquel lugar tan extraño. Se encogió junto a la rendija de luz que se colaba por la puerta y oteó el interior. Casi se atragantó cuando un torbellino de negrura barrió la alcoba y se aglutinó en un rincón que no alcanzaba a ver. Todo ocurrió en un segundo, condensado en un suspiro de sorpresa. Hansel tuvo que restregarse los párpados un par de veces para constatar que los ojos no le engañaban. Sentada sobra la cama, observándose en un espejo, aguardaba Marie, vestida con una bata en Tul con delicados bordados en puntilla. El corsé transparentaba bajo la gasa, realzando formas de barro tostadas, prietas, casi divinas. Llevaba un liguero y unas bragas de encaje sobre satén, completamente negras.

Dio un brinco al verla espléndida en su desnudez. Marie se convirtió en el centro magnético de todos los sentidos del muchacho, hasta el punto que apenas intuyó su voz cuando le indicó que pasara. Hansel obedeció. Su habitación era como el refugio de un trotamundos, llena de objetos inusuales y exóticos. Las paredes cubiertas de tapices y la cama con pieles de animales. Tuvo la sensación de desplazarse a través de un ambiente espesado, realzado con fragancias penetrantes que jugaban en lo más profundo de su estómago. A su alrededor predominaba el sándalo, las esencias picantes y el olor afrutado que siempre acompañaba a Marie; pero había olores más perturbadores que Hansel desconocía y que aturullaban su cabeza con pensamientos ilógicos, como si se encontrara en un fumadero de opio. Embriagado con la imagen de su anfitriona, no llegó a ver a Zarza escabulléndose de la estancia como un ladrón. Para él sólo existía ella, y a Marie aquella fijación no parecía importunarle demasiado.

—¿Tu hermana está bien? —preguntó con una sonrisa díscola entre los labios.

Hansel, tembloroso y tenso, se plantó frente a ella. Rezó a Dios para que la erección que nacía bajo las calzas pasara desapercibida.

—Sí… —susurró en un jadeo. Le costaba horrores pensar con claridad, pronunciar una sílaba tras otra sin tartamudear. El bochorno hacía que la camisa se le pegara a la espalda—. Duerme tranquila. Está mejor… está bien.

—Me alegro por ella. Es una chica frágil, pero entre vosotros existe un lazo muy fuerte. Eso le da ánimos para seguir viviendo. —Marie hizo una pausa. Al observar su duda, habló en un tono más bajo—: ¿Qué te trae por aquí? Sabes que no me gusta que deambuléis a hurtadillas fuera del sótano a deshoras.

Hansel encontró ilógica aquella restricción. El silencio predominaba a su alrededor, como si una enorme boca aspirase hasta el más mínimo ruido y embozara sus oídos. La sensación de que algo espectral dormitaba entre aquellos viejos muros untados de chocolate se hizo más agobiante. Si existía algún peligro en la casa no procedía de fuera, sino de dentro.

—Quería pedirle perdón…

Marie ladeó la cabeza sorprendida ante la confesión del chico.

—¿Perdón? ¿Por qué?

—Desde que llegamos a su casa… usted no ha hecho más que protegernos. En cambio, nosotros… yo me he comportado como un desconfiado. He dudado de su integridad, de su deseo de ayudarnos.

Si a Marie le molestó aquella confesión, no lo demostró. Dio la espalda al espejo y se giró hacia él, con las piernas entreabiertas. Le tendió la mano y Hansel no dudó en aferrarse a ella.

—La desconfianza es el peor vasallo del miedo. Yo he experimentado el miedo en otra vida, Hansel, cuando vivía con los hombres, más allá de este bosque, más allá de este país, en la lejana Suecia. Sé lo que es y lo duro que resulta cuando te persigue como un perro rabioso. El miedo muerde. El miedo hiere. Es el peor enemigo al que te puedes enfrentar. —Marie pronunciaba aquellas palabras sin mirar a Hansel, con resentimiento—. A mi madre la quemaron viva en la hoguera. La llamaron bruja y como bruja la juzgaron. Lo que nadie comprendió es que estaba maldita. Su alma había sido mutilada, depuesta a poderes sobrenaturales que hombres normales no estaban capacitados para entender. Pero las cenizas de Isabel no bastaron para saciar la locura de esos hombres. Ellos dirigieron sus miradas hacia mí, Hansel. Cuando todavía la lloraba, cuando sus gritos todavía resonaban en mis oídos y yo heredaba su maldición, lo hombres me señalaron como su semilla y me llamaron corrupta. Entonces sólo tenía dieciséis y nada sabía de nigromancias. Mi alma era tan pura como la de mi madre y aun así fui objeto de sus calumnias.

»Su majestad Catalina se apiadó de mí y me ayudó a escapar del país. Recogió mis pedazos, los puso en manos de un mercader de esparto y crucé media Europa a lomos de un carro tirado por bueyes que olía a estiércol. Fue entonces cuando comprendí que al miedo hay muchas formas de combatirlo. Y lo mejor es alzarse sobre él, alimentarse de sus despojos y hacerse más fuerte. Convertirte en lo que ellos odian. Estrangularlos con el mismo terror con que ellos te mortifican. Algún día les daré a probar ese mismo miedo, Hansel. Hay que hacerse fuerte y no dejarse avasallar por nada ni por nadie.

—Vos… vos sois fuerte…

—Ahora lo soy. Y ellos lo verán. Lo verán muy pronto. Por ellos hago todo lo que hago. Sólo por ellos.

Hansel reconoció entonces a los espectros que se cobijaban en el hogar de Marie. Se llamaban soledad, rencor y odio. Fantasmas nacidos de una vida llena de sacrificios. La casita de chocolate apestaba a recuerdos tristes. Sintió mucha pena por ella. Hermosa y maldita. Maldita y hermosa. Sus ojos llevaban impresos cicatrices profundas infectadas de resentimiento, hoyuelos rellenos de negrura y pensamientos sucios forjados durante media vida en el exilio.

—Perdona —dijo Marie mientras pasaba sus brazos por la nuca del muchacho y lo atraía hacia sí—. Perdona, ni niño perdido.

Los labios de Marie se alzaron sobre los suyos. Volcados en un frenesí repentino, se agarraron a él y lucharon con avidez. El aliento de la mujer quemaba, su lengua estaba húmeda, sus besos sabían a deseo envenenado. Marie lo empujó contra la cama. Él temblaba, desarmado, cohibido ante tanta bravura. Jamás había probado el mordisco de unos labios femeninos y, ahora que tenía su sabor en la lengua, era consciente de que no había bocado más exquisito que aquél. Se besaron hasta que quedaron embriagados. La mano de Marie, experta en lides de alcoba, buscó bajo las calzas. Agarró con tanta fuerza el pene de Hansel que éste creyó que iba a arrojar el alma por la boca. Marie lo masturbó durante una eternidad, despacio, mirándole a los ojos y ronroneando con cada estremecimiento del cuerpo del chico. Manos inexpertas buscaron los cordones que sujetaban el corsé, pero era tal la vorágine de placer que los dedos acabaron enredándose entre sí. Fue Marie la que se despojó de sus atavíos y, sin soltar el manubrio duro, rígido, pegó su cuerpo al del inexperto amante. Las pieles de la cama se plegaron ante sus envites. Marie se restregaba contra Hansel, estrujando los senos contra un pecho contraído por la tensión, clavándole los pezones tiesos. La cama se rindió ante la fricción de la encantadora. Rassss. El cabezal pegó en la pared. Rasssssss. Las patas chocaron contra las tablas del suelo.

Marie se quitó las bragas y dejó que Hansel las olfateara como un lobezno en celo. El olor era aún más sugerente que la fragancia que navegaba a diario con la mujer. La esencia del sexo puro; el olor más recóndito de su anfitriona. Hansel introdujo los dedos en la entrepierna de su amante y ésta se encargó de guiarlo hasta límites insospechados. Las caderas de Marie reaccionaron al contacto. Rassss. La cama temblequeó. Rassss… rassss… Mientras más hurgaba en la carne, mayor era el suplicio de ella, mayor su desesperación, mayores los tirones que aplicaba a su falo. Hansel puso tanto empeño que cuando sacó la mano de los muslos estaba pringosa de caldo. Al final, ella se tumbó sobre él, abrió sus piernas y dejó que la penetrara. El muchacho gimió de gusto mientras saboreaba por primera vez las entrañas de una hembra. Marie le concedió unos instantes para que se asentara, después apretó las piernas y los cuerpos se superpusieron en una alineación perfecta. La estimulación llegó mientras ella frotaba su cuerpo hacia un lado y otro, refocilándose con lentitud, saboreando cada movimiento, ofreciéndole las sensaciones más intensas de sus paredes vaginales pegadas.

—El placer es alimento para la carne, regeneración y armonía —dijo ella mientras lo mantenía sujeto con los brazos—. El brío del movimiento se transmite entro los amantes. Lo tuyo es mío ahora. Lo tuyo será mío siempre.

Hansel trató de moverse, pero ella lo aprisionaba con fuerza. Su cuerpo ejercía una leve presión que atenazaba sus músculos. Volvió a moverse, pero lo mantenía sujeto como una mantis. Marie le introdujo la lengua en la boca y, además de la saliva, tuvo la sensación de que algo se marchaba con ella. Se quedó aletargado un tiempo, horas se le antojaron, mientras Marie seguía restregándose con el pene empalado en las entrañas, bien adentro, propiciándole un placer que aumentaba a cada minuto, hasta convertirse en un maremagno que le hacía hervir la cabeza y se condensaba en una ola rabiosa de éxtasis y desgaste.

Los movimientos ondulantes de Marie se prolongaron hasta que Hansel se derramó violentamente en su interior. Ella lo recibió con regocijo, uniéndose a su orgasmo, clavándole las uñas y aullando como una loba. Para Hansel, en cambio, supuso una sensación de dolor acompañada de un efecto secundario que supo a vacío. Cuántas veces había soñado con ese momento. Cuántas veces había conjeturado con la exaltación de placer inherente al coito y a la explosión de gusto que traería consigo la primera eyaculación. Pero ahora que la sentía, ahora que sus piernas se retorcían bajo los muslos prietos de Marie y sus órganos lanzaban a chorro la simiente de su virilidad, no podía evitar sentirse extraño. Algo iba mal. Junto a su semen marchaba algo más, algo muy profundo que activaba la esencia de su propio ser. Cuando la borrasca negra se despejó de sus ojos y volvió a ver a Marie, pensó que un hechizo obraba sobre él. Su rostro había cambiado. La red de arruguitas que rodeaban sus ojos había desaparecido, su piel estaba más tersa, su cabello dorado resplandecía con un halo vivo que daba luz a la estancia. También su mandíbula era más fina y la barbilla resaltaba más, como si se hubiera reafirmado hasta volverse respingona. Marie sonrió y, ahora sí, Hansel se encontró cara a cara con la verdadera belleza. Pero no era una belleza marchita y decadente, como la de la antigua Marie. Era una belleza joven, con más vitalidad, con un yugo revitalizante que podría someter a cualquier hombre.

Él, sin embargo, se sentía cada vez más débil, cada vez más mareado. Trató de quejarse, pero Marie montó a horcajadas sobre su cintura, le tapó la boca con ambas manos y comenzó a embestir con rabia, haciendo gala de una vitalidad recién adquirida. Sus chillidos se escucharon en toda la casa. Jadeaba con cada acometida, mientras sus caderas golpeaban la cintura de su amante y la cabeza de Hansel se hundía más y más en el camastro. Su miembro, endurecido y recto como un puñal, acuchillaba el sexo de Marie sin tregua, cada vez más adentro, empapándola de una esencia vital que espoleaba sus dentelladas. Hansel se derretía en su pasión, pero también se descomponía lentamente. Sentía la carne plegarse sobre los huesos, escuchaba el sonido de los filamentos musculares al pudrirse, la estancia bailaba a su alrededor inmersa en una danza macabra de ira y placer. Y mientras todos aquellos síntomas lo alejaban de su ser, Hansel se sintió más y más enfermo. Cuando Marie liberó su boca, sus labios estaban resecos y tenía la lengua de esparto. De su garganta emanó un gemido delirante que le escoció los oídos. Por un instante, tuvo la impresión de que las órbitas se le habían agrandado y, al más mínimo parpadeo, sus ojos saltarían de la cara y rodarían por el suelo como canicas de cristal.

Esta vez, cuando volvió a derramarse, no hubo más que dolor, a pesar de que Marie se enroscó y aulló presa de virulentos espasmos. Hansel, por contra, tuvo la impresión de que su vesícula seminal estallaba entre sus órganos reproductores, que el conducto eyaculador se colapsaba y el vaso que unía el testículo con la vejiga reventaba en su interior. Se hubiera sentado sobre la cama por el dolor, pero no pudo. Ahora la sensación de vacío era tan contundente que atenazaba todo su cuerpo. Casi tenía la sensación de que ya no era él, de que la transformación había concluido y se había convertido en un despojo putrefacto.

La Marie que bajó de la cama no era más que una chiquilla de veinte años. Delicada, cándida, coqueta. Se paseó durante un buen rato frente al espejo y sonrió al ver el reflejo de su talle recatado, ribeteado por curvas incipientes. Parecía una ninfa a punto de desflorecer. Sólo cuando volvió a aproximarse al jergón y clavó sus ojos en él, Hansel atisbó el saber que se concentraba en ellos. Allí estaba la verdadera Marie, amagada. Dispuesta a saltar al más mínimo atisbo de peligro. Mientras Hansel prendía la mirada en ella, no pudo evitar preguntarse cuántos otros habían caído en su encanto, cuántas edades había vivido la bruja. No le importó demasiado. Ahora él era uno más.

—No es nada personal, mi niño perdido. Lo que tengo es contra ellos, no contra ti. Tú, simplemente, eres el medio que me ayudará a culminar mi venganza. Ahora formas parte de mí, igual que los otros seis. Seis vidas, seis generaciones transcurridas. ¿Y sabes qué? En trescientos años es fácil olvidar los pecados cometidos. Hijos y nietos pagarán los crímenes de sus padres y será mi mano la que los ajusticie.

La joven Marie se cubrió con una bata de gasa roja que apenas medraba su desnudez, después agarró a Hansel por los pelos y tiró de él, pero las raíces estaban tan podridas que se quebraron como las hebras de una araña. Volvió a aferrarlo por los brazos y lo arrastró hasta la cocina. Hansel ni siquiera podía moverse. La voz que tejían sus cuerdas vocales se diluía en un sonido quejumbroso. Cuando se miraba las manos veía sarmientos en vez de dedos, palmas con surcos tan profundos que hablaban de una vida longeva y marchita. Tan marchita como había estado la de Marie.

De pronto, un temor más intenso lo invadió. ¿Y Gretel? ¿Dónde estaba Gretel? ¿Qué planes tendría la bruja para ella?

Como si Marie hubiera sido bendecida con el don de leer la mente, respondió las dudas que pasaban por su cabeza.

—Haces bien en preocuparte por ella, Hansel. La llevan a un lugar al que ningún hombre debería ir. —La bruja dejó al chico apoyado contra un mueble y abrió la tapa del horno. La oscuridad se adueñaba de aquella boca enquistada de hollín—. Los asesinos de mi madre tenían en parte razón. Isabel Goldie hizo un pacto con el demonio. Un pacto de lujuria y sometimiento. Ella se rendía cada noche a una mente pérfida, maligna, promiscua y, a cambio, le proporcionaba almas jóvenes. Gracias a aquel pacto, Isabel Goldie trepó entre la nobleza hasta llegar al lado de su majestad Catalina Vasa. Quizás hubiera sido entregada a un conde o a un capitán armado de Suecia, o podría haber sido la amante del León del Norte. ¿Quién sabe? El caso es que los demonios sólo conocen una forma de actuar: la traición.

»Por las noches el engendro se dejaba ver en el castillo. Sus gruñidos despertaban a los niños y cortaba la respiración de los sirvientes. Y quién se asomaba a las dependencias de mi madre, la veía sometida a los caprichos del semental. El cuerpo de Isabel ardió en la hoguera en una impávida noche de invierno. Hacía mucho frío, tanto que muy pocos presenciaron su muerte. La quemaron viva en una colina y toda Suecia contempló el resplandor de su hoguera, diluyéndose entre las estrellas mientras sus gritos de dolor sacudían los suburbios más tenebrosos. Pero la maldición de la Bruja de Suecia no acabó allí, sino que continuó impreso en su legado.

Un golpe brutal llegó desde el sótano de la casa. Hansel se sobrecogió al escucharlo. El suelo tembló bajo su trasero, como si un ente gigantesco ascendiera por las escaleras que llevaban al primer piso.

—Todas las noches muta a su antojo, adopta su verdadera forma. Mi madre lo llamaba Ortiga, porque su piel araña como un garfio cuando se monta encima de ti y te somete. Yo prefiero llamarlo Zarza. Todavía me duele pensar que la misma polla que mancilló a mi madre cada noche se mete entre mis piernas.

La presencia se alzó hasta el primer piso de la casa. Las paredes se estremecieron ante su paso. Debe de ser grandísimo, sopesó Hansel sin aliento. El terror se hizo más enfermizo cuando pensó que Gretel estaba en sus manos. La pobre y pequeña Gretel. La había arrancado de las garras de su madrastra sólo para arrastrarla a un nido de víboras. Al peor infierno imaginable.

De la boca negra del horno emanó un resplandor encarnado cuando las llamas se encendieron en las entrañas de hierro y metal. Al principio no fue más que un destello sereno, nacido de Dios sabe qué combustión. Pero conforme el retumbe que arrastraban los pasos del demonio se hizo más poderoso, las llamas se convirtieron en un enjambre devastador que a punto estuvo de sobrepasar las fauces del horno. Marie se apartó del fogón. Sus ojos se inflamaban con el miedo que le deparaba aquella criatura.

Zarza irrumpió en la cocina, agachándose al cruzar la puerta, y Hansel comprendió lo que de verdad significaba la palabra miedo. Con más de quince palmos de altura y otros tantos de envergadura, el engendro se guarecía tras una armadura de huesos y escamas. Su cabeza se alargaba hasta hacerse picuda, rematada por una boca llena de colmillos. Sus ojos eran remolinos de pura malicia y su testa se distinguía por una protuberancia con forma de cuerno. El tórax de la bestia, ancho y recubierto por un tejido oseo impenetrable, adoptaba una deformidad chepuda. Los brazos acababan en tres espolones unidos por membranas y sus piernas, escamosas y retorcidas, desembocaban en garras retractiles que dejaban marcas en los tablones del suelo. A Hansel le pareció un milagro que la endeble casa de Marie resistiera el peso de aquella mala bestia.

El corazón dejó de latirle cuando atisbó por primera vez la pequeña figura que arrastraba el demonio. Gretel se reducía a una simple muñeca de trapo en sus manos. Después de someterse a la tortura de Marie, seguía paralizada. Su rostro descompuesto exhibía un tono deslucido, blanco como la leche. Pero entre los rizos que caían sobre su faz, Hansel logró ver sus ojos y la expresión de sumo terror que exhibían. Puede que Gretel estuviese ida, que los efectos de la droga que él mismo le había suministrado siguieran activos, pero una parte de la niña seguía anclada a la realidad y era perfectamente consciente de lo que estaba pasando. En aquellas cuencas desorbitadas ardía el miedo más terrible que un ser humano podía afrontar. Y Hansel, el maltrecho Hansel, era incapaz de ayudarla.

Cuando cruzó una mirada con Marie, la encontró rendida a aquel ser de vileza inquebrantable, muda por la impresión y con el rostro desencajado. Zarza había dejado una herida tan profunda en ella como el deseo de traición que albergaba hacia los asesinos de su madre.

La criatura depositó a la niña frente a la boca del fogón, muy cerca de las llamas, y se volvió hacia Hansel. La vejiga estuvo a punto de soltársele cuando los ojos reptilianos de Zarza se clavaron en él.

«Ahora es mía», parecían decir con sorna. «Mía para toda la eternidad.»

Una parte de Hansel luchaba por resistir, por alzarse y detener a aquel monstruo. Por arrancar a Gretel de sus garras, igual que la había salvado de los nigromantes y de su madrastra. Pero Hansel ya no era Hansel. El vigor del antiguo Hansel se aliñaba en las vigorosas piernas de Marie, en sus brazos nervudos, en su vientre plano y sonrosado. Él, en cambio, se había convertido en un viejo fofo.

Zarza esbozó una sonrisa burlona que se alimentaba de su desdicha y recobró la forma del gato persa que, durante los últimos días, había sido el guardián inseparable de Marie. Después saltó al interior del horno, perdiéndose entre las llamas.

Durante un instante, el muchacho se aferró a la vana esperanza de que todo hubiese acabado, de que aquella criatura hubiera renunciado a Gretel, por muy disparatada que pareciera la idea. Pero no tuvo tiempo de soltar un suspiro de alivio pues las llamas volvieron a avivarse y se retorcieron hasta crear rostros con formas grotescas. Aullidos espeluznantes escaparon del hornillo, como si centenares de hombres y mujeres se asaran en su interior. Aparecieron brazos calcinados que se hendían en la cocina, pieles correosas que se desprendían de los huesos y dejaban entrever ampollas sanguinolentas tan grandes como la cáscara de un huevo. Los gritos aumentaron de volumen. Las llamas subieron más, hasta lamer el techo de la cocina. Gretel trató de alejarse de aquel infierno. Se volvió hacia su hermano, pronunció su nombre, pero el ruido del fuego sofocaba el sonido de su voz. De pronto todo acabó. El brazo de la bestia surgió del hornillo y los tres espolones se cerraron alrededor del cuello de la niña. Gretel se quedó muda. Sus párpados se abrieron de par en par, desvelando anatemas condenadas que ya no encontrarían paz. El brazo la arrancó del suelo y la arrastró al fondo del hornillo, embutiéndola por aquella garganta de hierro. Después las llamas desaparecieron y todo quedó en silencio.

Gretel ya no estaba allí. Ahora estaba al otro lado. Fuese donde fuese.

Hansel quiso desahogar la impotencia con un grito de rabia, pero no pudo. Ya no le quedaban fuerzas. Había perdido a su hermana. No la había perdido… él mismo la había condenado.

—Querían una bruja y tienen una bruja —dijo Marie de repente, saliendo de su parálisis—. Ya no hay sentimientos. Ya no hay vuelta atrás. Estamos todos condenados.

Se plantó delante del chico y lo observó con ojos turbios.

—Él quiere nuevas vírgenes pues mi cuerpo ya no le satisface como antes. Los demonios son obscenos y ladinos. Disfrutarán de tu hermana hasta el fin de los días. Lo siento.

Dicho esto, Marie se arrodilló y volvió a cargar con el cuerpo de Hansel. Sus piernas se doblaron por el exceso de peso, comenzó a jadear por el esfuerzo, pero no se amedrentó. La hechicera veía la hora de la venganza más próxima y esa inquina era la que le daba fuerzas para seguir adelante, para seguir luchando y desafiando al destino, llevándose por delante a quién hiciera falta.

—Mi madre no era una bruja —susurró mientras abandonaban la Casita de Chocolate. La noche descollaba plácida, ni un jirón de nube enturbiaba el cielo. Sobre las copas de los árboles, una miríada de estrellas salpicaba un firmamento lleno de luz—. Yo tampoco lo era hasta que me condenaron. Zarza me mostró el camino hacia la eternidad, despertó el don de leer las mentes, de llamar a la concubina de Samael, de ofrecer mi alma a cambio de la juventud eterna. Ahora la venganza está muy próxima. Los mataré uno a uno. Derramaré fuego y condena sobre los hijos de Suecia. Llenaré las calles de muertos, maldeciré a sus hijos antes de que nazcan, volveré flácidos sus penes para que no vuelvan a engendrar.

Se detuvo en la parte trasera del jardín, frente al terreno aparcelado. Junto a los seis montículos, había cavada una fosa. Los ojos de Hansel se abrieron mucho al verla. La tierra se abría en una boca oscura y umbría, lo suficientemente grande para devorar a una persona de su envergadura. Junto al agujero había una pala clavada en el suelo.

—He robado la vida de siete niños —continuó Marie—: sé que estoy condenada. Ese será mi castigo cuando todos nos veamos en el infierno. Quizás eso te de fuerzas allá bajo.

Hansel se aferró a los hombros de la muchacha al comprender lo que le aguardaba. Se debatió mientras ella se daba la vuelta y se acuclillaba frente a la fosa. Trató de aferrarse a su cuello, a su espalda, a sus hombros, pero estaba demasiado débil. Ya no le quedaba energía para luchar. Resbaló y durante un tiempo se perdió en la oscuridad, presa de una fuerte sensación de vértigo. El choque contra la dura tierra le arrebató el aliento. El dolor le dejó transido en la negrura.

—Sé que me vas a guardar rencor —dijo Marie, y su tono sonaba verdaderamente apenado—. No me enorgullezco de hacer lo que hago. ¿Pero qué otro remedio me queda?

Cogió la pala y comenzó a echar tierra a la fosa.

Hansel notó que los granos fustigaban su cara. Abrió los ojos y vio a Marie allá arriba, recortándose bajo las estrellas a una distancia que parecía infinita. Se volvió hacia un lado y hacia el otro, la única compañía que encontró fue la de las lombrices. Los ojos se le humedecieron. Quiso gritar, pero la tierra se le metió en la boca y llegó hasta su garganta. Las preguntas le asaltaron como las púas metálicas de un látigo. ¿Por qué había salido de casa? ¿Por qué se había llevado a Gretel? ¿Dónde estaba ahora su hermanita amada? ¡Aquello no podía estar sucediendo!

—Aférrate al deseo más poderoso de todos los que concibió el diablo, niño perdido —dijo Marie volviendo a hundir la pala en la tierra y echando más al hoyo—. Es lo único que nos queda cuando todo está perdido.

La oscuridad se hizo claustrofóbica. Un manto tenebroso lo aplastaba rápidamente. Poco a poco, la luz de las estrellas languideció en el trozo de firmamento que llegaba a ver. Gritó, sacó fuerzas de dónde no las había, pero todo resultó en vano. El mundo lo devoraba. Palada a palada iba haciéndolo suyo y lo arrastraba hasta las raíces de aquel cementerio de niños. La luz desapareció, sus lamentos se perdieron entre montañas que llenaban su boca, sus ojos, sus oídos, su nariz… El peso del mundo se volvió insoportable, aun así, el último destello de lucidez en aquel infierno trajo consigo el rumor de Marie.

—Aferrarnos a la venganza.

Después la oscuridad lo agarró y ya no lo soltó nunca.



FIN




En memoria de Enrique Timón Arnáiz, que nos dejó el 8 de enero de 2008.


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Las ilustraciones de "Dentro de la casita" pertenecen a David M. Rus.